Entre 2002 y 2019, la economía peruana creció a un promedio anual del 5,3%. No estamos hablando de un golpe de suerte de un año o de un impulso electoral; fueron 17 años seguidos de avance constante. Mientras otros países se declaraban en default o veían desaparecer tres cuartas partes de su economía, Perú construía el rincón más estable y predecible del continente. Y no, no fue magia ni solo el "boom" de los metales: fue la decisión consciente de armar un sistema blindado, diseñado para funcionar sin importar quién se sentara en el sillón presidencial.
De Estado fallido a la estabilidad absoluta
Para entender la magnitud del logro, hay que hacer memoria. En 1990, Perú era prácticamente un Estado fallido: la inflación rozaba el 7,650% anual, no había reservas en el banco y el terrorismo de Sendero Luminoso desangraba al país. Las reformas de choque de los años 90 abrieron los mercados y privatizaron empresas estatales, logrando estabilizar el barco.
Lo verdaderamente brillante vino después. Cuando ese régimen cayó en el año 2000, la economía no se fue al piso. ¿Por qué? Por una arquitectura institucional diseñada a prueba de crisis. Desde entonces, Perú ha tenido siete presidentes y tormentas políticas constantes, pero el motor económico siguió marchando. El secreto mejor guardado es la autonomía absoluta de su Banco Central (BCRP) desde 1993.
La regla de oro peruana: El Banco Central tiene prohibido por ley imprimir billetes para financiar los caprichos o déficits del gobierno de turno. Su única misión es cuidar el valor de la moneda.
Gracias a esto, el panorama actual es envidiable:
* Una de las deudas públicas más bajas de la región (cerca del 34% del PIB).
* Más de 70,000 millones de dólares en reservas internacionales.
* Una inflación promedio de apenas 2,8% anual durante las últimas dos décadas.
Gobernara la centro-derecha o la izquierda moderada, nadie tocó estos pilares. El sistema logró que violar las reglas fiscales (como la de no superar el 1% de déficit en situaciones normales) fuera políticamente suicida.
El imán de las inversiones y el ADN peruano
Esta predictibilidad convirtió al país en un imán: entre 2005 y 2019, entraron más de 120,000 millones de dólares en inversión extranjera directa, diversificándose hacia carreteras, telecomunicaciones y el agro. Aunque China se volvió su principal comprador tras el TLC de 2009, Perú supo repartir sus huevos en varias canastas, exportando cobre, oro, zinc y productos agrícolas a EE. UU., Europa y Asia. Esto le da una resiliencia que economías ultra dependientes (como la mexicana con EE. UU. o la venezolana con el petróleo) no tienen.
Pero las instituciones son solo la mitad de la historia; la otra mitad la puso su gente. El ciudadano peruano es de una madera especial: trabajador, sumamente emprendedor y con un sector informal que, a pesar de sus problemas, desborda dinamismo. Esta energía empujó a más de 10 millones de personas fuera de la pobreza, haciendo que la clase media pasara del 20% al 43% en menos de veinte años. Además, su gastronomía dejó de ser solo comida para volverse una marca global, un motor de empleo y un orgullo que unió al país.
¿Por qué otros no lo copian?
La respuesta es simple pero dolorosa: porque la disciplina cuesta votos a corto plazo. Blindar la economía requiere que los políticos renuncien a la tentación de usar el Banco Central como una billetera personal para ganar las próximas elecciones. Países como Argentina demuestran la tragedia de tenerlo todo pero carecer de la madurez para sostener políticas de Estado. Perú, en cambio, puso un candado técnico donde la política no puede entrar.
Los desafíos pendientes
Por supuesto, no todo es color de rosa. El modelo tiene tareas gigantescas por resolver:
Dependencia extrema: El país aún se resfría si caen los precios de los minerales.
Brechas sociales: Falta mucha infraestructura, la educación pública sigue siendo de baja calidad y la desigualdad es una herida abierta.
Crisis política: Una corrupción endémica que ha salpicado a casi todos sus expresidentes recientes y una polarización constante que amenaza con romper el juguete.
El camino que tiene por delante es claro. Perú ya demostró que se puede rescatar a un país de las cenizas con orden y reglas claras. No hubo milagros, solo mucho trabajo y respeto por la economía real. Si logran mantener el timón firme y resolver sus deudas sociales en las próximas décadas, el país podría finalmente dar el salto y convertirse en una economía desarrollada. El pueblo peruano ya hizo su parte; ahora le toca a sus líderes estar a la altura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje aqui su comentario y correo. Si le gusto el post suscribase a nuesto boletin.